Desde la Red Cepela hacemos una apuesta por las narrativas críticas, entendiendo que el ejercicio periodístico es político por sí mismo, y que cuando un periodista asume contar una historia tiene la intensión de generar re-acciones con la misma, de visibilizar procesos y sujetos, de hacer denuncias y lo más importante, de mostrar nuevos horizontes, de pensar desde la esperanza.

Con la escritura de crónicas tratamos de mostrar la realidad llena de movimiento; articulando elementos de diversa índole, yendo más allá de las teorías o las explicaciones, mostrando  cómo es posible transformar la utopía en historia, rescatando el sujeto en el relato.

Nuestra pretensión entonces es articular sujetos, procesos sociales y proyectos que desencadenarán en la posibilidad de crear nuevos futuros, de elegir la utopía, todo esto con una búsqueda de la dimensión estética, literaria de los escritos; pero también tratando de entender el contexto histórico y las dinámicas que afectan el hecho puntual.

En este punto el lenguaje cobra gran importancia al nombrar la realidad, posibilitando la creación de lo nuevo, visibilizando lo desconocido y rompiendo el discurso del poder. El lenguaje debe trascender el buen estilo y las correctas formas, para convertirse en una herramienta de creación.

Encontrar historias de resistencia, de transformación, de esperanza, debe ser la responsabilidad de quien escribe, hace parte de su propio proceso de conquistas y de su PRAXIS, de su aporte a la construcción de conocimiento y horizontes. Nuestra responsabilidad es la de mostrar que otro futuro es posible por medio de historias concretas que escapan a los muros de lo “Inevitable”, escribiendo sin reducir la complejidad y más bien, articulando visiones de la realidad que permitan delinear horizontes susceptibles de transformarse en proyectos de sociedad.

Entonces, es necesario escribir parado en el presente, escudriñando en el pasado para reconstruir lo devenido pero con los ojos puestos en el futuro avistando proyectos viables; esos que no se nos muestran en los medios de comunicación. Así que nuestra praxis debe ser vista de manera clave para construir un conocimiento útil que rompa con la rigidez teórica y que ayude a comprender la realidad para transformarla, rescatando la subjetividad en la historia y la historia en la subjetividad, deberá quien escriba, apoyarse de teorías que explican un momento dado, pero deberá ir más allá y ser capaz de articular elementos de la realidad para lograr una lectura más amplia para construir un proyecto de futuro.

Debe haber un compromiso del escritor a romper límites y asumir el movimiento, para poder reconocer espacios que desde la disconformidad permitan enfrentar las inercias personales y sociales, identificando el problema a transformar. Este escrito podrá entonces convertirse en un acto de resistencia en si mismo que aliente a otros a generar rupturas con lo impuesto, y desde aquí generar coyunturas, que posibiliten nuevas alianzas, iniciativas, proyectos, movimientos inimaginados.

Por: Andrea Trujillo

Antes de que los españoles llegaran a estas tierras, las montañas del suroeste antioqueño eran habitadas por el pueblo Emberá. Diezmados por los colonos, ahora solo perviven unos pocos en lo que antaño fue su vasta casa.  

Solo es necesario recorrer 4 kilómetros desde el casco urbano de Valparaiso para encontrarse con el Resguardo Indígena “Marcelino Tascón”, constituido como tal, mediante la resolución N° 02 del 11 de mayo de 1998. Pero la historia de este pueblo viene desde mucho antes, cuando a principios del siglo pasado salieron de Risaralda 5 familias a recorrer la región y después de andar muchos caminos, en 1940 lograron asentarse en una finca llamada La María, que les sirvió de hogar por muchos años, hasta que en el 85 se trasladaron a los predios de la Finca Los Alpes; lugar que ahora habitan, cuidan y respetan.

Los que inicialmente eran las familias de Marcelino y Manuel Tascón, y de Pedro, Miguel y Enrique Cértiga; los fundadores de la Comunidad Indígena La María, ahora son más de 250 y habitan 120 hectáreas de montañas cubiertas de bosques y cultivos. Lo que pocos saben, es que allí, además de ellos también habita otra comunidad, un pueblo lleno de indígenas que viven en tambos, que lucen trajes que la comunidad actual no usa y que hablan en una lengua indígena, que ni los mismos habitantes del resguardo logran entender. No son personas, son espíritus y solo los logran ver en momentos ceremoniales o de sanación, los 3 Jaibanás de la comunidad; Horacio, Ángel María y Rafael y algunos de sus aprendices. Y es esta, una de las razones para que los médicos tradicionales afirmen que éste es un sitio sagrado ancestral.

Horacio, uno de los Jaibaná del Resguardo; sonriente, tierno y tranquilo, de rápido y ágil caminar que contrasta con su edad, es uno de los hombres más respetados dentro de la comunidad, pues los Emberá reconocen la autoridad tradicional que representan sus médicos, por ser ellos quienes velan por el bienestar y la salud de todos, y porque sus poderes curativos están asociados al estableciendo de un equilibrio entre lo cotidiano y lo sobrenatural.  Horacio recorre un camino de herradura que lo conduce a la cima de la montaña, desde donde se divisa uno de los sitios sagrados. En su pausado español y ayudado con las manos, señala su ubicación –  “Cogiendo la falda pa arriba está uno y de ahí se va por el plansito, donde se ven unos árboles blancos, como florecidos; ahí hay otro”. Hace una pausa para luego reanudar con una advertencia que genera un silencio, “los 3 jaibanás y los jaibanás que viene caminando detrás de nosotros, no pueden tocar esos sitios, por ser sitios sagrados donde están los espíritus.”

Se refiere a los Jai, un aspecto muy importante dentro de la cosmogonía de los Emberá, pues con ellos, los médicos tradicionales hacen tratos para garantizar las actividades fundamentales de la comunidad  y la continuidad de los ciclos naturales. Es el poder mágico espiritual, desde el cual se regula la vida, la salud, la subsistencia y la naturaleza.

En 1999 una falla geológica abrió una grieta a lo largo del resguardo; viviendas y cultivos quedaron destruidos, lo que obligó a la comunidad a refugiarse por cuatro años en un centro educativo de Valparaiso. Cuenta Horacio, que cuando llegaron a habitar esta tierra, los Emberá o  “La gente del maíz” tumbaron los bosques para sembrar frijol y maíz, abriendo una brecha para que los espíritus que habitaban apacibles esos sitios sagrados salieran y agrietaran todo el territorio, - “Esa fuerza salió y nos empujó” enfatiza Horacio. Fue un arduo trabajo el que tuvieron que hacer los 3 jaibanás del resguardo, para que los espíritus los aceptaran de nuevo. 

-          “Nos costó muchísimo, tuvimos que reunir todo y ese día demostrar que si éramos emberá, que éramos indígenas y que nos íbamos a reconciliar, a pedir perdón y a respetar esto.”

En esta ceremonia las mujeres vistieron traje y los hombres lucían sus coronas, ese día se resolvió el problema de carácter espiritual y pudieron “sellar” la madre tierra. Hoy no se vé ninguna grieta en el terreno, pues durante dos años los indígenas se encargaron de rellenarla con tierra; pues ese fue el compromiso que adquirieron los jaibanás con los espíritus.

Esta lección que los Jais les dieron a la comunidad ha desencadenado otros procesos, uno de pedagogía y apertura del conocimiento por parte de los médicos tradicionales, quienes ahora enseñan a todos cuáles son los lugares que deben respetarse, qué plantas medicinales se encuentra allí y para qué sirven y cuáles son las acciones que deben evitarse. Esta apertura, ha posibilitado que los aprendices de Jaibaná e incluso la misma Guardia Indígena puedan aportar en los procesos de recolección de plantas para curar.

Pero por otro lado, ese problema de tipo espiritual también fortaleció su convicción para defender el territorio de otros asuntos no tan espirituales. Y es que estos bosques, considerados Sitios Sagrados por los Emberá, además de contar con 13 nacimientos de agua, son ricos en oro y plata, como todas las montañas de la región, lo que llevó a que se le otorgará a la Angel Gold s.a un título minero de 40 hectáreas en la parte alta de la reserva.

“Como nosotros no dejamos entrar directamente a la multinacional acá, pues entonces empezaron a hacer una exploración colindando con nosotros para poder entrar desde allá al resguardo” recuerda Omar, un guardia indígena líder de los emberá. Desde ahí se inició la resistencia de esta comunidad por la no minería dentro de su territorio y por la conservación de sus bosques como santuarios de vida. Inicialmente la guardia recorría las zonas donde los mineros trabajaban en el día y deshacían este trabajo.  

“Ésta es una lucha que vamos a hacer y la hemos estado haciendo, ya tuvimos el primer enfrentamiento con ellos. Ellos iban a explorar, entonces la guardia llegaba en la noche o en el día y quitaban eso y mejor dicho,  aquí no se dejaron entrar. La guardia hizo resistencia. Ellos trataron de hacer una reunión solo con los líderes del resguardo, como estrategia de ellos, entonces la comunidad se vino completa, los 260, con mujeres y niños y se reunieron allá en la escuela y se les dijo, es que acá no se va a negociar con el gobernador sino con todos nosotros, es que aquí no va a ver negociación, se devuelven ustedes por donde vinieron”

La guardia indígena, es el primer agente que cuida el territorio, es una autoridad tanto política como ambiental. “Este es el pulmón del resguardo, de nosotros, porque aquí están los sitios sagrados para los futuros médicos tradicionales, aquí está la medicina, aquí está el agua, aquí esta toda la vida.” dice Omar lleno de convicción; “Nosotros ya iniciamos con esta resistencia y seguiremos, en el resguardo hemos dicho: si nos toca entregar la vida de uno de nosotros por nuestro territorio pues lo vamos a hacer, pero acá no habrá ninguna explotación minera, porque es acabar con toda nuestra cultura y la existencia del pueblo Emberá.” 

Por : Andrea Trujillo Rendón

11 niños nacieron después de ella, uno cada año como desgranando un maíz y a Judith Abello le tocó dedicarse a jugar mamacita con bebes de carne y hueso. Por esos días la escuela la apasionaba y caminaba a pie limpio 20 minutos en subida para llegar a una casita de material muy hermosa, con un bosque detrás de ella, en la vereda San José La Guaira. Allí estudió hasta cuarto de primaria y cuando pasó a quinto, ya debía caminar los mismos 20 minutos pero hacía abajo, a la Escuela Teodomiro Osorio en la vereda Alegrías (hoy corregimiento).

Pero ese año la escuela se le convirtió en un martirio, el profesor Jesús María Orrego Calle, la sacaba al tablero a recitar la lección y desde el primer día se empecinó en acomodarla a su amaño,  bruscamente le movía los hombros hacia atrás obligándola a pararse bien, pero más se demoraba él en terminar el gesto, que ella en volver a desparraramarse en su pequeño cuerpecito y deformar la postura “perfecta” que añoraba el maestro.

Así pasó casi un año, el uno tratando de enderezar y la otra bajando su hombro derecho como en una actitud de terquedad y desidia; el profe con saña se empeñaba en que ella adoptara una postura de dama victoriana y como si continuara en aquella época, al ver frustrado su cometido empezaba con regla en mano las más crueles palizas. Una noche, la pequeña dormía profundamente y su padre como era habitual, recorrió la casa haciendo ronda para verificar que cada uno de sus 12 hijos estuviera en cama y arropado. Lo que vio esa noche lo asustó y salió presuroso a preguntarle a su esposa María Bernarda por qué había golpeado de tal forma a la niña, pero solo hasta el día siguiente, ambos padres conocieron el origen de tales morados.

Los Abello visitaron la escuela y el responsable del sufrimiento de la pequeña les habló sobre sus dificultades para realizar actividad física y sobre todo, de la incapacidad que tenía para mantenerse erguida. Hasta ese momento los padres no habían reparado en su condición, pero de inmediato la llevaron desde la vereda al hospital de Riosucio en Caldas; ya allí le tomaron una radiografía que mostraba una columna tan curveada como la carretera que lleva a Caramanta, su pueblo. El diagnostico: escoliosis.

Y esa columna en S se convirtió en el viacrucis de Judith que empezó a recorrer los 117 kilómetros que separan a Caramanta de la capital del departamento, con más frecuencia de lo que quería. Mientras más visitaba al médico, menos iba a la escuela y a medida que el tratamiento avanzaba, la niña activa, social, sonriente y juguetona se instaló en el zarzo de la casa para evitar que las visitas la vieran. Por primera vez fue consciente de cómo se veía y empezó a sentir vergüenza de sí misma.

La idea de tener dentro de sí alambres, barras o ganchos de metal la aterraron y se negó rotundamente a una cirugía, por lo que los médicos predijeron que cuando cumpliera 15 estaría postrada en cama. El silencio se apoderó de ella y ante tanto dolor de su hija, Don Pastor de Jesús Abello, le dijo al médico que más fácil se iba a morir de depresión, por lo que le recetaron unas de esas pastillas psiquiátricas, de las que Judith solo recuerda que la pusieron a volar.

Con el vuelo, volvieron la libertad, el movimiento y las ganas de salir al mundo; regresaron las palabras y la curiosidad, aunque la escuela quedó atrás. Desaprobar sexto significó su permanencia en casa, a pesar de que los viajes a Medellín y las ausencias por la enfermedad fueran los responsables de esa pérdida escolar. Alejarse del salón de clase no le impidió a Judith seguir aprendiendo y su “discapacidad” física que no iba acorde a su naturaleza inquieta la llevó a incrementar su compromiso con la gente y sus ganas de cambiar el mundo.

Involucrarse con los problemas de la comunidad, su carisma y espontaneidad la convirtieron en una líder innata y en el 92 fue nombrada coordinadora de obras de la Junta de Acción Comunal de Alegrías. Allí empieza a entender más de cerca que las necesidades de los otros eran las mismas suyas, que los dolores se repetían y que las injusticias y desigualdades iban en aumento. Dos años después se convierte en la presidente de la Junta y empieza a soñar. Pero muy pronto se da cuenta que hacer realidad esos sueños casi siempre dependía de la voluntad de un político vestido de azul o rojo.

Y no fue hasta el año 2000, cuando ella y otros campesinos, cansados de la falta de oportunidades, de la inequidad, de la pobreza y el abandono del campo, decidieron soñar con montar un alcalde no “politiquero”. Cada sábado y domingo, Judith se reunía con Alfonso Patiño, Luís María Álvarez, Oscar Ortiz, Alonso Aguirre y Dario Chaverra, en la casa de Don Oscar y Doña Elena en la zona urbana de Caramanta, para crear una propuesta.

Y cuando juntaron ideas, argumentos y valor, un domingo se sentaron a fresquiar en el parque y llamaron a Herman Javier Ocampo Salgado, un muchacho humilde que trabajaba en el Comité de Cafeteros y le propusieron que fuera su candidato. Con una risa, no de burla sino de ternura, les dijo  “¿qué es lo que piensan hacer?,  se están embobando”. Ese día los campesinos, que la gente empezaba a llamar los ecológicos, quedaron sin una respuesta pero con el corazón esperanzado.

La propuesta se instaló en la cabeza y el corazón del muchacho que 15 días después les dijo que sí. Herman renunció al Comité y entre todos los campesinos le traían plátanos, yucas, panela, huevos, frutas y demás para que pudiera sostener a su mamá. Ahí empezaron a reunirse en finquitas a construir el programa de gobierno que lograron concretar en tan solo 5 páginas y tres de ellas se enfocaban en los programas sociales. Ya decididos, don Alfonso Patiño y Herman viajaron a Medellín a buscar el aval político de algún partido, requerimiento legal para lanzar una candidatura y al regresar, a falta de uno tenían tres posibilidades para escoger.

Por un lado los partidos tradicionales, los de la hegemonía que han imposibilitado mirarnos desde la pluralidad y han desatado una y otra vez la violencia entre colombianos, entre hermanos o el aval de la ASI (Alianza social Independiente) que para aquellos días era la Alianza Social Indígena, un movimiento que nació en 1991 tras la nueva Constitución y que pretendía convertirse en una nueva alternativa política.

La decisión no tuvo que pensarse mucho y el logo que habían creado entre todos, en las reuniones en las finquitas, decidía previamente la vía a la que querían apuntar; en la imagen se ve La Inmaculada Concepción, la iglesia principal del pueblo, con un arcoíris, allí todos estaban incluidos: los rojos, los azules y también los verdes, amarillos, naranjas y rosados.  “Caramanta, tierra de todos” se convirtió en la frase de la inclusión e igualdad que tanto añoraban. Después de inscribir la candidatura en la registraduría, la complicidad de días pasados, cuando decían que se iban a reunir a hablar sobre agroecología se hizo pública, pues ya era necesario darse a conocer.

“Como no abundaba la plata, y no da pena decirlo, reciclamos hojas, de esas hojas que botan por ahí, para poder imprimir el programa de gobierno y entregárselo a la comunidad”, pobretones, muertos de hambre, fue la respuesta que encontraron en la gente y en los otros 4 candidatos.

-          Imagínese, ¿sino se iban a burlar? campesinos sin estudio, campesinos sin plata aspirando a gobernar.

Y es que la historia de Colombia está marcada por gobernantes oligarcas, señores con recursos para llegar al poder, para seguir enriqueciéndose, señores por los que el ideal de democracia se difumina, y se ve como una utopía que el deseo y las necesidades de las mayorías sean tenidos en cuenta  por esos que los “representan”.

En pleno parque principal, al lado del juzgado, les prestaron un salón que se convirtió en la sede de la candidatura y como no tenían con que adornarlo, la gente del pueblo les llevaba cositas, “viejas pero bonitas, quisque un baúl, quisque una cosa y la otra; un señor nos llevó una cafetera y como no teníamos con que comprar ni café ni azúcar, otro nos dio para hacer el tinto.”

Esta fue una campaña sin recursos, donde de a pocos fue llegando la gente; algunos se acercaban a la sede a escuchar el programa por curiosidad y otros por real interés. Allí pusieron una alcancía para recoger fondos y poder visitar las veredas más lejanas. “Los que entraban allá nos echaban una monedita y cada 8 días la abríamos. Nos echaban hasta chances a ver si ganábamos”. La solidaridad se empezó a materializar de múltiples formas y el Resguardo Indígena Marcelino Tascón, de los Emberá, que está en el municipio vecino de Valparaíso, también se unió. Cada 8 días mandaban hermosos ramos de flores, de las que ellos cultivan y como eran tantas, Herman decidió que el programa de gobierno lo mandaría con una flor. “La florecita” fue entonces como empezaron a llamar al candidato, que a lo largo de la campaña le tocó esquivar como balas las palabras que lanzaban para humillarlo y destruirlo.

Cuando iniciaron el recorrido por las 23 veredas del municipio, se encontraron con el apoyo y la bienvenida en algunas, pero el desplante y los insultos de la gente en muchas otras. Fueron días de madrugadas intensas y como muchas veces no alcanzaban a preparar la coca, sin plata y tras largas jornadas, a punta de aguante resistían no solo al hambre sino a las humillaciones.

En sus recorridos por las veredas reconocieron su territorio, la diversidad en él y sus riquezas; se estremecieron en las tierras altas y frías, y sudaron en las más bajas y calurosas; tomaron nota de los nacimientos de aguas y evidenciaron el estado de amenaza en que se encontraban los bosques. Con preocupación vieron los estragos de las minas en algunos sectores alejados del casco urbano, los  impactos en el suelo, la deforestación cada vez más intensa y la contaminación de las quebradas. Ahora no solo los movía la gente, los movía la tierra.

Mientras los demás candidatos repartían a diestra y siniestra lo que la gente pedía; unas botas negras de plástico, papas, arroz, aceite y plátanos prestados por gente del pueblo, se exhibían sobre una mesa en la plaza principal, donde también se vislumbraban letreros, “No bote su voto por unas botas”, “No venda su voto por un mercado”. Un corozo plastificado sobre un papel dejaba ver “Rómpase el coco por Caramanta” escrito a mano; pero los caramenteños indolentes recibían la tarjeta para tirárselas a los pies. 

-          “Ay niña por dios, más triste eso, pero cuando uno es honesto y quiere las cosas continúa. Yo la recogía otras vez, lss echaba a la canasta y les decía –Ay amigo, rómpase el coco por Caramanta”.

Durante toda la campaña la sede se llenó de vida, niños de todas las edades iban desde temprano a jugar con Herman y a llenar un álbum con caramelos de dibujitos. Los ecológicos mandaban el programa de gobierno con su respectiva flor para que los niños lo entregaran a sus papás y a la siguiente vez, ya no llegaban solos, sus papás los acompañaban para ver qué era lo que tanto hacían sus hijos allí y a conocer un poco de lo que proponían.

El día de las elecciones, Judith votó en Alegrías, el lugar que la vio sufrir cuando era niña a causa de la escoliosis y su profesor de escuela, la veía ahora ansiosa ante la incertidumbre de las votaciones. En este corregimiento se encuentra la mitad de la fuerza electoral del municipio y aquella tarde, recuerda Judith que la gente iba y venía, que se veían políticos aun haciendo campaña, la plaza parecía una carnicería.

Vestidos con gorra y camiseta blanca, el equipo de Herman estaba silencioso, expectante. Al finalizar la tarde, Alegrías se llenó de fiesta: los carros pitaban, la gente pasaba con tapas y se escuchaban gritos. Alguien de la otra campaña desde un carro le gritó – Judith, ganamos!

A estas alturas las humillaciones dolían menos y sin importar el resultado, todos sus compañeros y ella habían prometido encontrarse en Caramanta para ir a misa y dar gracias. Judith caminó hasta su casa con una tristeza profunda por el sueño inalcanzado.

-          Usted pa donde se va a ir?

-          A rezar mamá. 

-          No se vaya mija que eso está muy alborotado, mire esa gente como zumba…

-          No mamá, es que uno está trabajando honestamente, vamos a ir a misa.

El camino se hizo largo y al llegar al pueblo todo estaba extrañamente callado, como si hubiera un muerto por ahí. Este contraste desconcertó a Judith y a sus compañeras, que tocaron en la casa de Don Jairo Builes, un compañero de la campaña que al abrir la puerta reflejaba en su rostro una alegría que no podía contener: Judith, Ganamos!

Era la segunda vez en el día que escuchaba las mismas palabras, tardó unos segundos en entender hasta que su pequeño cuerpo quería brincar de emoción. 

-          Fue una sorpresa, ganamos nosotros,  los limosneros, los patisucios, Herman ganó.

El ahora alcalde electo les advirtió que ese día no tomarían trago, - porque unos estamos contentos pero otros están tristes, es respeto. Pero Judith que no podía contener el cúmulo de sensaciones que se  apoderaban de su cuerpo, entró a una tienda y pidió un aguardiente en un pocillo de tinto, para celebrar esa alegría inmensa que quería salirse de ella.

Las campanas indicaron que la misa iba a comenzar y todos entraron a agradecer. El futuro alcalde, con tenis rotos, un cordón de uno y otro de otro, no proyectaba la imagen de un político tradicional, era la imagen de un joven humilde, era el pueblo que llegaba al poder. Su administración construyó el plan de desarrollo de la mano de la gente y se enfocó en los procesos sociales, en fortalecer las organizaciones para que pudieran ser sostenibles y autónomas, pues Caramanta por ser un municipio categoría sexta, o sea, la que se da a los municipios más pequeños por no alcanzar una población superior a 10 mil personas, recibe muy pocos recursos.

 Es que la Asociación de Productores Agropecuarios (ASAP), la asociación de mujeres (AMUCAR), las juntas de acción comunal y el Concejo Municipal de Desarrollo Rural (CMDR), entre otros, se fortalecieron con talleres y la gestión de recursos por medio de proyectos.

Años atrás la crisis del café había llevado a los campesinos a buscar alternativas productivas y aprovechando la temperatura cálida de la vereda La Sirena,  emprendieron el proyecto de sembrar caña de azúcar y construir un trapiche, con Herman, el proyecto llegó a Suiza y Cataluña, y no fue hasta el 2003, cuando ya se acababa su administración, que ambas organizaciones apoyaron con recursos. Swissaid por su parte, decidió apoyar la iniciativa de ASAP, pues por aquella época la ONG internacional, le apostaba a proyectos que permitieran que las comunidades no abandonaran sus territorios y reafirmaran su pertenencia a la tierra.

Judith, que era parte de la mesa directiva de ASAP recuerda esos días como una escuela:

-          Nosotros no sabíamos cómo hacer recibos, no sabíamos cómo hacer  actas y entonces ahí aprendimos, porque teníamos que hacer muchos informes.

La plata llegó para el fortalecimiento de las fincas orgánicas, para comprar insumos, para capacitarlos. Pudieron alquilar una casa en el pueblo, se compró dotación para la cocina, para preparar deliciosas tortas orgánicas, mermeladas y demás, se consolidó una tienda agroecológica para comercializar los productos y se creó un fondo rotatorio para prestarle recursos a los mismos campesinos. Al proyecto le llegó más plata que a la misma alcaldía y otra vez la gente empezó a tratarlos mal y hasta de guerrilleros los empezaron a tildar.

Pero la agroecología se les convirtió en bandera y escudo al mismo tiempo.

-          Hablamos de la agroecología, pero la agroecología no es solamente la huerta, lo orgánico, la fauna y la flora, nosotros hablamos de la parte social y de la parte política, de la soberanía alimentaria y de nuestros derechos como campesinos.

Esta apuesta por crear nuevas relaciones con la tierra, de generar arraigo y de impedir que los campesinos vendieran sus fincas, se convirtió en la forma de resistir a los procesos de concentración de la tierra que afectan al municipio, pues actualmente el 45% del territorio está en manos del 0.46% de la población; pero a la vez, también se convirtió en la manera de resistir ante los impactos de la minería en su territorio.

Y es que en el cinturón de oro del Cauca Medio se encuentra Caramanta, ahí pegadita a Marmato, “El pesebre de oro de Colombia”, uno de los municipios con mayor tradición minera en el país. Ambos se encuentran sobre la misma montaña de la cordillera occidental y comparten la riqueza en oro, plata, platino, cobre y zinc, que atraen a las grandes multinacionales, por lo que ahora el mapa del territorio está lleno de pequeños cuadritos rojos que delimitan los títulos mineros solicitados y concedidos. De las 9408 hectáreas que tiene Caramanta, son 7095 las entregadas actualmente por el estado a empresas como la Anglo Gold Ashanti, Caramanta Project Solvista, Marmato Gold S.A., entre otras.

Pero como las mineras se fusionan entre sí, cambian de nombres y crean filiales, compran y venden títulos para hacerse a los territorios que requieren para sus proyectos, se dificulta determinar cuáles son las compañías que hacen presencia en el territorio en un momento dado y con ello las responsabilidades ambientales sobre posibles daños ocasionados. Ni las administraciones ni las comunidades saben a ciencia cierta quién está llevándose los recursos de la montaña y haciendo estragos sobre las fuentes de agua y la biodiversidad.

AMUCAR, ASAP, la Asocomunal, los defensores de la Madre Tierra; organizaciones de las que Judith ha hecho parte y muchas otras más, se han sumado a los esfuerzos por hacer del municipio un territorio libre de minería. Todos coinciden en que los proyectos mineros requieren el uso de al menos 22 fuentes de agua, de las que también depende la agricultura, la ganadería y los humanos para su consumo, y que por otro lado,  la minería trae consigo cambios drásticos en la cultura de la gente del municipio al llegar grupos de mineros con altos ingresos.

“Ustedes no dejan que llegue el progreso al municipio” le han dicho a Judith decenas de veces personas del casco urbano; pero lo que no magnifican, es que la llegada de grupos mineros no sólo implica el “fortalecimiento” del comercio, implica que estos grupos traen costumbres diferentes y con ellos demandas de ciertos servicios de esparcimiento, del consumo de servicios sexuales y con ello el incremento de la prostitución. Hace poco, cuenta Judith, pidió el favor a un campesino que le ayudara con unos arreglos en el Trapiche Las Delicias, este le respondió que con todo el gusto, pero que nadie podía saber, pues ya estaba trabajando para una minera, lo que la dejo con la preocupación de que la producción local de alimentos puede debilitarse por el cambio de actividad de los campesinos y con ello la pérdida de la soberanía alimentaria. Por esto la apuesta por la agroecología, es una apuesta de resistencia dentro del territorio.

Son muchas las razones que mueven a los campesinos a organizarse y llevar talleres a las comunidades para informar sobre los posibles impactos de estas prácticas en sus vidas. Las caminatas de reconocimiento del territorio han sido claves en este proceso, pues han logrado ver de cerca  los conflictos que genera la minería aun en la etapa de exploración y han podido generar  veedurías ciudadanas y ambientales rigurosas.

Todos estos esfuerzos han tenido sus frutos y por ejemplo en el 2012 a la Caramanta Conde Mine, que venía haciendo uso de un caudal de agua para el proceso de exploración, que construyó una vía para el transporte, utilizando gran cantidad de árboles nativos y que construyó un helipuerto sin autorización de Corantioquia, se le ordenó la suspensión inmediata de la exploración.

Más de 30 años después, en el 2008 Judith retomó la escuela y en el 2011 concluyó su bachillerato con la Corporación para la investigación y el Ecodesarrollo Presencial (CIER). Del 2004 al 2011 fue concejala del municipio durante dos periodos, liderando muy de cerca procesos de empoderamiento de las mujeres y el fortalecimiento de las fincas agroecológicas. Este proceso la ha hecho fuerte, la ha llenado de aprendizajes que seguro requerirá por que la defensa de su territorio apenas comienza y son múltiples los frentes por los que deben resistir.

Ella insiste en que “La agroecología es la posibilidad humana de habitar el territorio en condiciones de vida digna, produciendo alimentos sanos y cuidando los recursos naturales para generar riqueza cotidiana.”